sábado, 13 de diciembre de 2008

EL INTRUSO

Mientras Julián ordeñaba la vaca todos los días al amanecer, para luego darse a la tarea de desgranar las mazorcas y abastecer los graneros, Felipa la compañera de su vida sostenía al recental, el inquieto y mugidor, pugnaba por soltarse de las manos de la bella campesina y pegarse a la ubre.

La fragancia que emergía del corazón de la montaña, daba cierta placidez al rostro de Felipa, la brisa matinal ponía rosicler en sus mejillas y grana en sus labios; su busto se arqueaba en caprichosas curvas, cual tallados por las manos de un artífice de estatuaria. Luego de ver rebosada la totuma por el blanco y fresco líquido, dejando libre la voracidad del pequeño cuadrúpedo, se iban camino de la casa cristalizando en los ojos la tranquilidad de la vida y agitando sus labios los cascabeles de la risa.

El desayuno era modesto y breve. Sobre la mesa rústica se extendía el mantel donde humeaban los vasos de barro, plenos de chocolate; la yuca se abría blanca y provocativa en los platos y la cuajada blanca y redonda, excitaba el apetito en la humildad de aquella morada. Los pájaros poblaban de armonías la exuberancia de la fronda, los rosales silvestres impregnaban el ambiente de suaves perfumes y el sol quebrando sus rayos sobre las viejas tapias, caía sobre la huerta, iluminando el interior de la mansión que presentaba un aspecto encantador en aquella soledad.

Hombre de trabajo, Julián, Jamás se vió extenuado por la cotidiana labor. Tenía dos afectos; su mujer y su conuco. El conuco prosperaba bajo su experta mano y la mujer embellecía que daba gusto en medio de la paz de aquella atmósfera. En sus tiempos de guazábana, Julián era un perdido. A menudo gustaba de empinar el codo y muchos desaguisados debió al aguardiente. En unión de varios camaradas se iba en son de pendencias por las afueras del pueblecito. Era del lugar el mejor coleador, manejaba con gracia las maracas y el cuatro y como bailador, nadie le iba en zaga. Las mujeres suspiraban por él y los mozos del barrio lo miraban con disimulada ojeriza, porque no había quien le saliera al frente cuando formaba bronca en el joropo.

Vestido de blanco con el grueso araguaney en la diestra y el jipijapa tirado con indolencia hacía atrás, la mirada agresivamente extraviada, los labios temblorosos y abiertos a la imprecación, tal se presentaba a las puertas de la parranda. A su llegada imprevista y brutal, un rumor como de tempestad flotaba sobre la concurrencia. La música se interrumpía y las mujeres se ponían intranquilas y lo miraban con mezcla de simpatía y de miedo; las parejas cesaban de bailar y los espectadores prudentes se escurrían... Entonces él en la mitad de la sala, como árbitro dominador de la fiesta, paseaba indolentemente la mirada sobre la gente y arrebatando con gento brusco la pareja a alguno de los bailadores, exclamaba en tono imperativo “siga la música”

Todos se apartaban. Julián dueño y señor del patio, al son del arpa, el cuatro y las maracas cimbraba con arte y maestría su cuerpo, alto y robusto, entrelazaba sus manos en las manos de la sorprendida pareja, rompía a zapatear frenética, acompasada, sonora hasta terminar en un vertiginoso torbellino. Una ola de aplausos resonaba sobre el auditorio. Unos aplaudían por cariño, otros por entusiasmo, los mas por miedo. Enardecido por el alcohol, el triunfo y la fatiga reanudaba el baile con más vehemencia y cuando alguien se permitía algún piropo con su fatigada compañera, entonces ardía Troya; crujía el garrote, se apagaba la luz, huía la concurrencia, se acababa el baile.

Julián, como todo montañés, tenía un espíritu ardoroso, proclive al amor y muchas veces a la sensibilidad.
Sus padres murieron a causa de desvelos y de continuos disgustos y desde entonces principió a medir la magnitud de sus faltas y a pensar en sus continuas incorrecciones.
Cierta mañana a la vera del camino, encontró a Felipa, la requirió de amores, pudo prendarse de ella ciegamente y poco tiempo después se desposaba en la capilla del lugar.
Desde el día de sus desposorios se dio a variar de vida, contrayéndose al trabajo y a sus deberes conyugales; recordó su pasado tormentoso y sintió profundo remordimiento, por que a causa de sus muchos extravíos había rodado a la fosa agobiados por el sufrimiento los autores de sus días, fruto de su amor, un tierno niño, vino al mundo y murió a poco nacer y el montañés que ya sentía las tiernas delectaciones íntimas de padre contempló abierto en el hogar un sombrío paréntesis de dolor.

Felipa, no era feliz con su marido. Desde su adolescencia, Alberto Lárez, guapo señoriíto, cuyos padres acaudalados lo tenían en la hacienda, retirado de la ciudad por sus constantes calaveradas, cortejaba a la bella muchacha y ésta le amaba aún, no obstante el sagrado vínculo que la unía al hombre de su casta. Al principio sus amores fueron todo un cielo de felicidad, cartas entregadas furtivamente, días de agradable preocupación; coloquios tras la empalizada de la huerta, rodeados de misterio y de silencio, a la luz de las estrellas, en los cuales él mas de una vez, tuvo entre sus manos trémulas y febricitantes la cabeza de Felipa en éxtasis divino y sus labios absorbieron todo el fuego de la boca de aquella nueva Diana, boca sonrosada y fresca, insinuante y provocativa, hecha para los ritos de Cupido o las liturgias de Afrodita.

Muy pronto los padres de Alberto, se enteraron de aquellos amoríos y como no convenía al preclaro linaje, al recalcitrante orgullo de la familia la realización de aquel enlace, resolvieron separar a Alberto de tan peligrosa red y lo llamaron de nuevo a la ciudad.
Ella, al principio desesperó, le remitía largas y dolorosas cartas llenas de fuego y angustia y él contestaba, alimentando su amor con ilusiones y esperanzas.

Pero el tiempo transcurría y Felipa cansada de espera el retorno de su amado, consumida por el tedio, la duda, la soledad, creyéndose víctima del engaño de un hombre, herida en su orgullo, aceptó el amor de Julián, como una suprema determinación de despecho.
Un día que Julián andaba en sus continuos quehaceres, a cierta distancia del conuco, presentose Alberto inesperadamente a la casa. Ambos quedaron como electrizados.
Ella pálida y temblorosa, él profundamente sombrío. Después de un momento de vacilación, él rompió el silencio con acento de reconvención.
¡Te casaste¡
Sí, perdóname
¿No sabes que todavía te amo?
Por Dios Alberto, Vete.
Vengo para que te vayas conmigo a la ciudad.
Imposible... ¿Y él? Compadécete Alberto
¿Ya no me quieres?
Dios mío, esto es horrible...

Alberto se había acercado a Felipa y asiéndola por el brazo, la atrajo suavemente hasta estrecharla contra su pecho. Ambos temblaban de emoción. Ella recordó de pronto todas las horas intensamente vividas bajo la dominadora mirada de aquel hombre; reconstruyó en su imaginación los dulces coloquios tras la empalizada de la huerta, rodeados del misterio y del silencio, a la luz de las estrellas, en los cuales sus bocas se juntaron mas de una vez bajo las ráfagas de éxtasis; precisó en sus frases llenas de fuego; en el cielo de su amor, abierto de felicidad y dominada de nuevo por el fluido hipnotizador de aquellos ojos, se dejó caer en los brazos de Alberto, exclamando:
Sí, te quiero aun.
¿Has pensado mucho en mi?
Mucho, mucho.
¿Y por que te casaste?
Creí que me habías olvidado...tenía celos...perdóname
Yo...

La voz de Julián, se dejó oír muy cercana. Felipa quedó aterrada, muda, Alberto no acertaba a comprender el motivo de tal perplejidad y cuando la interrogaba con los ojos, en los que cabrillaza la lumbre del deseo, ella con una sonrisa casi de idiotismo, le dijo, señalándole la puerta.
Allí está él...
Julián apareció en el umbral de la puerta. Miró la súbita palidez de los culpables y en un momento comprendió todo. Como el jaguar que siente de pronto un latigazo, se irguió amenazador. Sus músculos temblaban de ira, sus pupilas entre las órbitas parecían oscuras y sus manos se crisparon como las de un epiléptico. Los cabellos se agitaron por un soplo de tragedia. Los aceros y las miradas despidieron relámpagos. Alberto con la serenidad de su orgullo estaba en guardia y cuando en el impulso de la acometividad, aquellos dos hombres ebrios de odio y de venganza, cual dos contrarios torrentes chocaron uno contra el otro, Felipa, con la cabellera en desorden y la mitad del busto asomado en la puerta, a grandes voces exclamaba:
Socorro...Socorro...


Eliseo López. Caracas, 1915.

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